Si supieras que sí.
Que sí te pienso.
Que sí te lloro,
cuando volvés a mi memoria.
Que el recuerdo
de lo que fuimos
quema
como una brasa
en el medio del pecho,
como una aguja
en mi sien,
como el último beso
que no te di.
Que sí te pienso.
Que sí te lloro,
cuando volvés a mi memoria.
Que el recuerdo
de lo que fuimos
quema
como una brasa
en el medio del pecho,
como una aguja
en mi sien,
como el último beso
que no te di.
Mis camisas ya eran tuyas.
Hacé con ellas
lo que sientas necesario.
Mis mensajes al despertar,
todavía los escribo.
Pero ya no toco el botón verde.
Y el amor.
¿Que dónde lo puse?
Lo tengo acá.
Acá en el pecho.
Crece como una versión
retorcida, oscura, enferma
de lo que fue.
Se asemeja más a un tumor,
un cáncer que me toma
por completo,
y de a poco
me consume,
me mata.
Me corrijo.
No me mata.
No me permite morir.
Me quiere vivo, consciente.
Agonizando.
Muerto en vida.
La palma de mi mano
todavía siente tu pecho.
Siempre va a haber un nosotros
que recordar.
El que ya no existe
es el que pudimos ser.
(En respuesta a tu carta, recibida el miércoles 20)