Guardé todas tus cartas,
tus regalos,
cada nota,
cada canción y dibujo
en un cajón.
Guardé tus manos sobre mi pecho,
tus abrazos a la noche,
los besos furtivos de la mañana,
guardé las risas
que, ey,
no faltaron.
Guardé tu forma de mirarme,
la cadencia de tu voz,
y el olor de tu pelo
en un cajón,
y lo enterré.
Lo enterré
bien en el fondo
del pozo que,
sin quererlo,
me abriste en el pecho.